miércoles, 27 de mayo de 2015

DESCRIBIENDO HISTORIAS: ESCAPANDO DE VICTORIA






Nombre: Raquel Castro
Título: Escapando de Victoria        
Género: Erótica paranormal
Sinopsis:
Victoria fantasea a menudo con la idea de escapar, de salir corriendo y huir de su vida. Empezar de cero en otro lugar donde nadie la conozca. Sin pasado ni futuro, sólo presente, un papel en blanco donde escribir una nueva historia.
Pero hoy es distinto, no puede parar de correr y no sabe a dónde se dirige. Algo en su interior se ha roto y ha tomado las riendas de su vida. Ya no tiene el control.
Parecía un día como otro cualquiera para Victoria. Su turno había terminado en el hospital donde trabaja como auxiliar de enfermería. Cansada, se dirigía a casa donde la esperaba Jon, su pareja. Pero al abrir la puerta y ver a Jon dormido y babeando en su cojín rosa rodeado de los platos sucios del día anterior y algunos más, como ya era habitual en él, algo se rompió en su interior. Cerró la puerta sin decir nada y comenzó a correr sin rumbo calle abajo.
Su huida a ninguna parte la llevará a conocer por fin a Amelia. Su mejor amiga de la infancia y a la que no conoce en persona.
El espíritu torturado de Eloísa, su madre fallecida hace siete años, la acompañará torturándola desde las sombras e intentando decirle algo.
En el momento en que su vecino Gustavo se cruza en su camino, un rayo de luz ilumina su horizonte dejándola ver un poco de esperanza y creyendo que no todo está perdido.
Lejos de todo lo que la ata, tendrá que elegir entre seguir su camino y ser libre o volver a la seguridad de una vida de sumisión y sufrimiento.


Personajes:


Victoria: Protagonista. 37 años. Auxiliar de clínica en un hospital del centro de Madrid. Eloísa, su madre, fallece hace siete años postrada en una cama de una enfermedad desconocida. Desde muy pequeña tuvo que hacerse cargo de su madre y dejar de trabajar. Su padre las abandonó poco después de nacer Victoria. Narra su desgarradora historia de soledad y sufrimiento en primera persona. Encerrada en una vida que no cree que le pertenezca al lado de Jon, su pareja desde casi la adolescencia y que no demuestra más que indiferencia y posesión hacia ella. Lo deja todo y huye calle abajo un buen día después de un agotador turno de trabajo. Llega a su casa, ve a Jon dormido y babeando en el sofá encima de su cojín rosa favorito, rodeado de restos de comida y platos sucios de varios días y algo se rompe en su interior y la obliga a salir corriendo sin mirar atrás.

Jon: Auxiliar de clínica y pareja de Victoria. A causa de la crisis económica pierde su trabajo y desde entonces yace en el sofá sin salir de casa, rodeado de suciedad y restos de comida. Posesivo, manipular y violento. Victoria es su posesión y no está dispuesto a dejarla marchar.

Eloísa: Madre de Victoria. Independiente, manipuladora y posesiva. Se enamoró del padre de Victoria siendo muy joven y al poco se quedó embarazada con tal de atraparlo. Francisco por su parte, casado y con un hijo en camino, asustado y agobiado por una relación no deseada abandonó a Eloísa y se desentendió de Victoria tras intentar verla sin éxito por los impedimentos de su madre. Enferma de abandono y soledad, se dejar ir poco a poco postrada en una cama culpando a su hija victoria de la marcha de Francisco y obligándola a hacerse cargo de ella y de la casa.


Amelia: sevillana. Amiga desde la infancia de Victoria a través de cartas por un anuncio en una revista. Tras huir sin rumbo, Victoria corre para al fin poder conocerla. Pero Amelia no es la persona que Victoria cree ni lleva la maravillosa vida que narraba en sus cartas. Descubrirá a una mujer envidiosa, amargada y dueña de una vida totalmente diferente.


Gustavo: Vecino de Victoria en su nuevo apartamento en Sevilla. Correrá en su auxilio tras hallarse esta en apuros. Caerá rendida en sus brazos, pero al final descubrirá el oscuro secreto que esconde detrás de su perfecta sonrisa.



Fragmento:






1– VIVIENDO SIN MÍ



A veces fantaseo con la idea de salir corriendo, de huir lejos donde nadie me conozca y empezar de cero. Sin lastres, sin pasado ni futuro, sólo presente. Un papel en blanco donde escribir una nueva historia. Una nueva vida para mí.
Pero hoy es distinto. Estoy corriendo calle abajo sin saber a dónde me dirijo, tan sólo sé que tengo que correr. No puedo parar. Algo más fuerte que yo me empuja. Nada tiene sentido. Oigo de lejos mi jadeo y siento mi aliento cansado como si no fuera mío. Salgo de mi cuerpo para ver lo que estoy haciendo pero no puedo detenerme. Es como si fuera otra persona. Ya no tengo el control. Algo dentro de mí ha tomado las riendas y no va a detenerse.
Siento el dolor en mis pies, encerrados dentro de unos minúsculos zapatitos de charol negros. El brochecito dorado me deslumbra a cada paso por el reflejo de la luz de las farolas. El duro asfalto intenta devolverme a la realidad a cada paso, deteniéndome, intenta pararme sin conseguirlo.
Mi gabardina marrón danza esquivando a la gente, siguiendo a mi cuerpo mientras mi pecho sube y baja dentro de una delicada blusa blanca a punto de estallar.
La crucecita dorada que me regaló mi madre antes de morir se enreda en unos de mis rizos  estrangulándome y obligándome a sentir un poco de realidad, pero tras una mueca de dolor deshago el nudo y prosigo mi camino.
El sudor ya resbala de mi frente.  Noto como mi cuerpo desprende adrenalina y desesperación. No sé qué demonios estoy haciendo pero tengo que seguir avanzando. No puedo parar.
He llegado a una parada de metro. Bajo a toda prisa las escaleras. Resbalo y mi tobillo derecho se tuerce avecinando una inminente una caída, pero mis reflejos y la barandilla evitan que mi cara se estampe contra el frio y duro suelo.
El andén repleto de gente esperando. La suciedad se acumula en los rincones, amontonada. Las paredes desprenden olor a humedad y sudor. Oigo el murmullo de la gente de lejos. Las voces se agolpan en mis oídos, molestándome y enturbiando mis pensamientos. Casi las puedo tocar, como una imagen distorsionada, van y vienen confundiéndome.
Un tren pasa por el andén de enfrente a toda velocidad, sin pararse. La gabardina parece querer ir detrás empujada por el aire, al igual que  mis rizos revueltos. Suspiro con la mirada perdida y el pulso disparado. Puedo oír mi corazón latir con fuerza. En cualquier momento va a salir disparado de mi pecho. Intenta avisarme pero no soy dueña de mis actos. Voy a seguir adelante aunque no sé por qué. Agarro con fuerza mi blusa como si pudiera retenerlo.
Sin dejarme apenas parpadear otro tren para delante de mí. Las puertas se abren y su interior iluminado me llama invitándome a entrar. Yo, con las manos en los bolsillos, soy incapaz de dar un paso al frente. El silbato suena anunciando la salida pero mis piernas no me  responden. El rugido del motor me sobresalta haciendo que dé un paso al frente  y  entre al vagón de un brinco.
Las puertas automáticas se cierran  atrapando un trozo de la gabardina. Tiro y tiro para zafarme sin éxito hasta que un atractivo joven, muy amablemente, se acerca para  liberarme con una sonrisa ¡Qué bien huele, está tan cerca que mi pecho está rozando el suyo! ¡Espero que no se dé cuenta de que estoy excitada! Cruzo mis piernas como si pudiera sentir la humedad de mi deseo debajo de mi falda. Mis pezones duros siguen rozando su pecho musculado y torneado bajo esa estrecha y minúscula camiseta negra de licra. La gabardina sigue enganchada. Con una mano en mi cintura intenta separarme de la puerta sin hacerme daño, pero parece que mi gabardina no quiere dejarle escapar tan pronto.
¡Hacía tanto tiempo que no me sentía tan húmeda! No recuerdo cuando fue la última vez que estuve tan cerca de un hombre tan atractivo. Posee una espesa barba negra y aunque nunca he sido muy aficionado a los hombres barbudos no me importa en absoluto. Esa piel morena y esos ojos azules lo compensan por completo. Ojalá este momento no acabara nunca. ¡Quiero morir en sus brazos, qué bien huele por Dios!
Desgraciadamente la gabardina se soltó.
–¡Muchas gracias!– me siento turbada mientras sonríe volviendo a su asiento.
Ya no huelo su olor. Él vuelve a su mundo lejos de mí. Giro la cabeza y vuelvo a poner la mente en blanco viendo pasar parada tras parada sin hacer el más mínimo movimiento. He vuelto a perder el control.
La última parada de tren me obliga a dejar ese estado y tomar posesión de nuevo de mi cuerpo para salir a la calle. Con las manos en los bolsillos y la miraba vacía camino por la oscuridad de las calles sin rumbo, asediada por las miradas indiscretas de los viandantes curiosos.
De pronto algo en el fondo de mi cabeza hace que me detenga. Miro mis pies inmóviles pegados en la acera. Los zapatitos negros de charol parecen haber perdido su brillo. Incluso su broche dorado ha dejado de resplandecer, ahí, encima de esa sucia acera, al lado de una colilla pisoteada y un envoltorio de chicle. Agobiada, resoplo levantando la mirada ¡Dios mío he vuelto! No sé cómo, pero mis pasos me  han devuelto quizás al lugar al que pertenezco; la casa de Eloísa.
Me llamo Victoria y tengo treinta y siete años. Esta mañana ha sido un día cualquiera, un día más en mi rutinaria y aburrida vida. Trabajo de auxiliar de enfermería en la planta de cuidados paliativos de un hospital en el centro de Madrid. Tras unos interminables meses en el turno de noche había logrado volver a sentirme un ser humano en el turno de mañana.
Las noches pueden ser muy largas trabajando en la planta de cuidados paliativos de un hospital. Trabajo duro y poco satisfactorio. Uno mis sueños desde pequeñita era ser enfermera, junto al de cocinera, veterinaria y astronauta.
El destino me llevó por otro camino al enfermar mi madre y tener que hacerme cargo yo sola de una casa. Obligada a crecer muy deprisa, compaginé mi trabajo limpiando casas con clases nocturnas para sacarme el título de auxiliar de enfermería. Fueron años muy duros para mí. Una niña jugando a ser mujer, sola, encerrada en una sórdida casa con una madre enferma y malhumorada que únicamente tenía desprecio y desaires para mí. Yo creo que nunca me quiso. Estoy segura de que me tuvo para intentar retener a mi padre.
Él nunca la quiso. No me lo dijo pero yo sé que dudaba de que  fuese hija suya,  y al poco de mi nacimiento nos abandonó.
Ella siempre me ha culpado del abandono de mi padre. Solía decir que eso de tener una hija se le hizo un mundo y huyó agobiado por las responsabilidades. Pero lo que realmente ocurrió es que escapó de ella porque nunca la quiso. Cosa que Eloísa, mi madre, nunca aceptó.
Toda una vida malgastada intentando culparme por su mierda de vida ¿Yo tengo la culpa de que no supiera elegir a un hombre? ¿O  de que no supiera distinguir cuando un hombre la quería simplemente para echar un polvo o para algo más? ¿En serio tenía una niña pequeña la culpa de sus malas decisiones?
Eloísa sólo era un polvo para mi padre y con su locura le espantó quedándose embarazada al mes de conocerle.
No culpo a mi padre. Si yo hubiese sido él también hubiese salido corriendo despavorida. Eloísa era una mujer muy perturbada y obsesiva. Podía volver loco a cualquiera. No paraba de hablar y hablar hasta que te sacaba hasta la última gota de energía con sus interminables reproches.
Siempre me hizo responsable de su desgracia. Responsable de su infelicidad. Únicamente era un objeto de su propiedad. A penas le importaba lo que pensaba y mucho menos lo que sentía haciéndomelo saber constantemente.
El sueño de ser enfermera quedó muy lejos al darme cuenta de lo duro que resultaba  compaginar una carrera universitaria con un trabajo, una casa y una pareja que se desentendía totalmente de las tareas domésticas.
Dedico mi vacía vida, mi tiempo, mis energías, a un trabajo que no me gusta para costearme una vida junto a un hombre que no me respeta y para el que soy más una madre que una pareja. Sin darme cuenta seguí con la senda que mi madre construyó para mí y me hice cargo de otra persona al morir ella. Quizás era lo único que sabía hacer; vivir para otra persona.
En la infelicidad hay comodidad. Hasta en las peores circunstancias una persona puede llegar a claudicar y acostumbrarse. “Más vale malo conocido que bueno por conocer”, esa maldita frase conformó a mi espíritu insatisfecho durante mucho tiempo, acallando mi voz.
No conocía nada más. Hacerme cargo de alguien dejando mi vida a un lado, en suspenso, era lo que había hecho desde niña ¿Qué habría ahí afuera? Era aterrador. En mi desgracia me sentía cómoda, era mía y de nadie más y me era muy familiar. No sabía si estaba preparada para dejarme ir, para sentir otra cosa ¡Los cambios son tan abrumadores!
Así que seguí con mi vida sin tomar decisiones porque era lo único que tenía. Conformándome con las cartas que el maldito destino me había repartido sin rechistar. Estaba sola en este mundo, sólo tenía a Jon. Me consolaba pensando que había alguien en casa cuando llegaba cansada.
Ruido en una casa vacía, calor, olor. El frio del las paredes desaparecía y mi corazón desvalido hallaba consuelo. Hambriento y sediento por un amor que nunca llegaba, que nunca me pertenecía.
Había sido un día muy largo en el hospital. Los pies me ardían de tanto andar para arriba y para abajo. Mi lastimada espalda a punto de desquebrajarse. Tan sólo quería llegar a casa, tumbarme en el sofá  y apoyar mi cabeza en mi cojín rosa favorito.
Mi turno por fin había terminado. Me desvestí muy lentamente. Estaba destrozada. Los brazos me dolían después de haber movido yo sola a seis pacientes para cambiarles y asearles. Esa carga seguía tatuada en mi blanca piel recordándome lo que era mi vida. Cerré mi taquilla dejando dentro mi uniforme blanco y me senté cansada y abatida en el banco para ponerme mis zapatitos negros de charol. Tras una mañana corriendo sin parar, mis dedos se habían resentido y sentía esos zapatitos más estrechos que nunca. Me puse mi gabardina marrón y con la punta del abrigo saqué brillo al brochecito dorado de mis zapatos. Peiné un poco mis rebeldes rizos castaños frente al espejo y puse rumbo a casa.
Por el camino no dejaba de imaginarme el momento de tirarme en el sofá y desaparecer engullida por los cojines.
Subí el último escalón que me separaba de mi piso y abrí la puerta de casa con alivio.
–¡Ya estoy en casa!– grité.
Nadie respondió. La luz estaba apagada. El televisor encendido y sin volumen. Jon dormía tirado en el sofá con la barriga asomando debajo de un jersey sucio, lleno de restos de comida y manchas. Colgajos de baba resbalaban de su barba de muchos días acabando en un asqueroso charco encima de mi cojín rosa favorito.
La mesita del salón seguía con los mismos platos sucios de la cena del día anterior. Tallarines con verduras y pudín.
Pegotes de pudin se deslizaban a cámara lenta  hasta el suelo. Despeñándose por el acantilado, dejándose caer al vacío y  salpicando el suelo de gotas de caramelo. Pegadas como resina a un suelo ya de por si sucio. Botellas de agua llenas de pis que Jon utilizaba para no tener que ir al baño porque decía tener mucho frio por las noches. Amarillas, llenas hasta el tope, unas al lado de las otras, acumuladas. No había sitio para mí en el sofá, sólo un asqueroso olor a comida rancia y sudor rodeando a una enorme foca que dormía plácidamente con el televisor encendido.
Bajé los hombros desolada y el bolso resbaló por mi  brazo derecho hasta tocar el suelo. Arrastrando los pies fui hasta la concina seguida por mi bolso que tocaba mis talones a cada paso sin que me importase.
Sobras de comida sobresalían del cubo de basura, que colapsado, escupía el exceso en el suelo. Una cáscara de plátano pendía de uno de sus brazos resaltando su amarillo del  plástico negro del cubo de basura. La bolsa de plástico azul cielo apenas podía ya sostener el peso. Al lado de la cáscara de plátano una bolsita de té reseca queriendo tirarse al vacío, precipitarse y huir. Un par de moscas revoloteaban en el fregadero dando buena cuenta de los restos de comida que se amontonaban en los platos.
Me senté en una silla de la cocina en silencio mientras el grifo goteaba. El mismo grifo que Jon prometió arreglar hacía meses. Cada vez que se estrellaba una gota contra el fregadero mi corazón se sobresaltaba obligándome a salir de la inconsciencia. Gota tras gota mis nervios se encendían. No quería salir de la inconsciencia que me había acompañado durante tantos momentos de mi vida restándole dolor a mi existencia. Pero algo en mi interior cogió las riendas por mí y ya no pude pararlo, surgiendo de lo más profundo de mis entrañas para cambiar mi vida para siempre.
Apreté mi puño derecho con fuerza sintiendo mis nudillos apunto de atravesar mi fina piel. El fuego estalló en mi interior inundando cada célula de mi cuerpo, cada rincón. Ya no había vuelta atrás. Abrí los ojos de par en par, casi hasta desencajarlos. Escapando de mí parara poder ver más de lo que yo les había permitido ver hasta ese momento. Las comisuras de los ojos me dolían. Mi pecho se erguió. Crují mi cuello de lado a lado preparándome para lo inevitable y ni el chasquido de mi columna vertebral recobrando su posición me detuvo. En aquel momento supe que Victoria había muerto y otra mujer se hacía cargo de los pedazos que quedaban de lo que yo llamaba vida.
Relajé la mano y levanté mi peso de la silla apoyándome en la mesa. Me paré delante del grifo esperando la siguiente gota. Pero este no quería dejarla ir, como si supiera que yo la estaba aguardando. Se hacía esperar, quizás imaginado lo que esa gota desencadenaría si la dejaba marchar. Poco a poco tomaba forma, ya no había vuelta atrás, y cedió estrellándose en el fregadero una vez más.
Esa minúscula gota desencadenó un volcán en mi interior y no pude detenerlo. Había perdido el control y me gustaba. Fuera de mis casillas y al borde del colapso nervioso propiné una fuerte patada al cubo de basura cubriendo el suelo de desperdicios. Cogí los platos sucios que Jon había prometido fregar hacía días y los estampé con furia contra el suelo sucio y pringoso de la cocina.
Salí al salón pero Jon seguía allí dormido, con su enorme barriga subiendo y bajando asomada por debajo de su jersey y con su asquerosa baba cayendo en mi cojín rosa.
Algo se rompió en mi interior y no había vuelta atrás. Abrí la puerta y salí dando un portazo.
He vuelto a mi cárcel y no sé cómo he llegado hasta aquí. Mis pies inconscientes me han traído. Cae la noche y empieza a hacer frio. Mi delicada blusa no puede contener las bajas temperaturas del mes de Noviembre en Madrid. Percibo el implacable invierno en mi fina piel. Mis vellos se erizan intentando retener mi calor corporal. Tirito de frio delante del portal de casa de mi madre incapaz de cobijarme en su interior. Tengo miedo. Ella ya no está pero creo que algo de Eloísa sigue ahí adentro, esperándome. Ojalá no haya sido ella la que me haya arrastrado hasta aquí.
Me decido a dar el primer paso pero un grupo de personas se cruzan en mi camino charlando y me impiden comenzar a andar. Mi cuerpo se estremece y creo que es por algo más que el frio. Estoy cansada y no tengo más remedio que entrar. Pasaré aquí la noche.
Cinco escalones separan la acera del portal. El otoño ha cubierto los escalones de hojas marrones. Las garras desnudas de dos árboles parecen querer tocarme. Se estiran intentando rozar con sus frías ramas mi piel caliente. Agonizan de frio desnudos ansiando que llegue la primavera y les devuelva a la vida. Testigos mudos de mi infancia, parecen haberme reconocido ¡He bajado y subido tantas veces esos cinco escalones! Parecen más viejos que nunca. Todo parece haber envejecido.
La grieta del segundo escalón sigue ahí tal y como la recordaba. Nadie la ha reparado y ahora un par de hojas secas y una lombriz la han conquistado como hogar. Sigo sin poder subir esos cinco escalones.
Meto mi mano en el bolso y saco las llaves. No sé por qué sigo conservando las llaves de casa de Eloísa. Murió hace siete años. No he podido volver a entrar a esa casa. Sé que no está dentro pero yo ya noto su presencia aunque ni siquiera sea capaz de subir los cinco escalones que me separan del portal.
La ventana sigue igual como la dejó. La cortina blanca está medio corrida. No puedo creer que haya vuelto. En cualquier momento se asomará para mirarme, escondida detrás de la cortina con su mirada de desaprobación.
Definitivamente no sé qué demonios hago aquí. Eloísa quiere que muera entre esas cuatro paredes igual que ella. Sola, desamparada, sin nadie que me quiera, así su alma torturada descansará en paz sabiendo que su sufrimiento vive en mí y no estaba sola. Es lo único que me legó; sufrimiento.
El aire caliente sale de mi cuerpo en forma de vaho. No creo que aguante mucho más aquí fuera. No siento las manos y mis zapatitos negros de charol no están preparados para el invierno. Noto como la delgada piel de mis labios se reseca y se tensa preparándose para romperse. Un moco está a punto de dejarse caer, arrastrado por el frio, de mi nariz congelada. Detengo in extremis su imparable descenso.
Froto mis manos para entrar en calor mientras echo otro vistazo a los cinco escalones. Cojo aire y armándome de valor subo el primer escalón con las llaves en la mano.
Oigo la voz de Eloísa en mi cabeza diciéndome que no valgo nada y me detengo ¡Tengo que conseguirlo! Miro la ventana del segundo y veo la cortina moverse ¿Hay alguien dentro? ¡No puede ser, mi cabeza me está jugando una mala pasada!
Intento tranquilizarme mirando mis zapatitos de charol, juntos en el primer escalón tiritando de frio. Pongo la mirada en la enorme puerta de madera del portal. Ha sucumbido a los años y su madera luce vieja y corroída. Sin pensarlo subo corriendo los cuatro escalones que me restan hasta llegar a la puerta. Intento meter la llave en la cerradura pero mi pulso me juega una mala pasada. Apenas puedo sentir mi mano, el frio ha engarrotado mis dedos y la voz de mi madre resuena en mi cabeza impidiéndome concentrarme en lo que estoy haciendo.
La puerta se abre pero yo tengo las llaves en la mano, no en la cerradura. Un vecino baja a tirar la basura y me ayuda a salir de ese angustioso momento abriendo la puerta por mí. Le digo buenas noches y paso corriendo antes de que se cierre la puerta dejándome fuera.
Estoy dentro. La luz del portal se apaga. Estoy aterrada. Por un momento he sentido que Eloísa sigue viva. Oigo su corazón latir con fuerza sabiendo que estoy cerca. Estoy aturdida. No sé lo que está sucediendo.
¡Es mi corazón el que palpita con fuerza buscando el interruptor de la luz! ¿Acaso me estoy volviendo loca? Subo de puntillas por la escalera sin hacer ruido. Estoy en la puerta. Hace calor, mucho calor.
Abro la puerta y la cierro tras de mí con la espalda, apoyándome, sosteniendo el peso de mi cuerpo en la dura madera. La casa late. Sigue habitada. La gabardina me molesta y me la quito. Soy yo la que desprende calor. Estoy muy nerviosa. Ya no siento frio.  Todo está oscuro.
Noto su presencia. Ahora sabe que he llegado. La huelo. Puedo sentir como viene hacía mi en la oscuridad, rauda, veloz, cómo si no tuviera piernas. Deslizándose entre las sombras para arrastrarme hasta su cuarto. No encuentro el interruptor. Percibo su asqueroso aliento en mi oreja. Mis rizos se mueven.
Un aire helador me paraliza. Me tiene agarrada contra la puerta. Noto sus huesudas manos clavándose en mis muñecas. No la veo pero sé que está delante de mí. Mirándome con esos ojos negros vacíos y llenos de resentimiento. Oliéndome, rozándome con su cabello canoso y ensortijado. Vacía, oscura, siniestra; Eloísa.
No puedo moverme. Cada vez tengo más calor. Mi pecho sube y baja. El primer botón de mi blusa blanca está a punto de ceder. No creo que aguante más. Mi corazón va a explotar.
El botón de mi camisa finalmente ha cedido asustándome y obligándome a salir del trance. He encontrado el interruptor de la luz. Eloísa ha desaparecido. La ventana está medio abierta y hace bailar  la cortina blanca ¡Soy tan tonta!
Todo está exactamente como lo recordaba. El olor a cerrado es denso y aturde mis sentidos. La foto que preside el salón me sacude. Eloísa me mira. Abraza a una pequeña e inocente Victoria. Ahora que me fijo bien parece estar a punto de ahogarme. Esos profundos ojos negros me recuerdan que nunca se irá de aquí. Sigo sin saber lo que estoy haciendo pero no me puedo marchar. La urna con sus cenizas descansa delante de su foto junto con dos de sus candelabros favoritos, custodiando con solemnidad sus restos mortales.
Su última voluntad fue que la llevara conmigo, fuese donde fuese. No respeté su última voluntad. La dejé donde tenía que estar, encerrada en esta casa para que no volviera a salir jamás. Parece que no me lo ha perdonado y ahora está furiosa conmigo.
No creo que pueda despegar mi espalda de la puerta. Creo que si me muevo aunque sea un milímetro me arrastrará hasta su cuarto y no me dejará salir nunca más. Estoy apabullada. Todo está en silencio menos el reloj de pared que sigue marcando los segundos. Inquietante resuena en el salón vacío forzándome a dar el primer paso.
Oigo su voz en mi cabeza llamándome. Quiere que vaya a su habitación pero aquí en la puerta, cerca de la salida, me siento segura. El murmullo cada vez es más agudo.
–“Victoria, Victoria, Victoria... ”–
No deja de pronunciar mi nombre ¡Por el amor de Dios que pare de una maldita vez! Sabe que puedo salir corriendo en cualquier momento e intenta detenerme. No puedo pensar con claridad. Mi espalda suda por el roce con la madera. Empujo y empujo como si así pudiera alejarme de ella.
Ya no la oigo. Sus gritos han cesado y eso me consuela. Despego mi espalda de la puerta unos centímetros. Mis rizos vuelven a moverse. Siento una suave brisa helada en mi barbilla, descendiendo por el cuello y moviendo levemente mi cabello. Me da la bienvenida. Me lleva a su habitación. Quiero gritar pero no puedo. Estoy paralizada. No tengo voz. Mi cuerpo no me responde. He vuelto a perder el control.
Me arrastra hasta su cuarto. Estoy segura de que es Eloísa porque noto su olor. Algo me agarra de la muñeca. No puedo verla. La piel de mi muñeca se pliega como si hubiera una mano rodeándola, la mano huesuda y sin vida de Eloísa. Ahora sé que no descansa en paz. Está encerrada donde la dejé y quiere que la libere.
Ya estoy en su habitación. Me suelta la mano y se desliza, resbalando por el suelo hasta su cama, como si todavía siguiera viva. Un escalofrío recorre mi cuerpo desde la punta de los dedos de mis pies hasta la coronilla. Me quedo quieta mirando su cama sin poder mover un solo músculo de mi cuerpo, ya no me pertenece. Todavía puedo verla, ahí, tumbada en la cama, leyendo sus viejos libros. Esos libros con los que aporreaba la pared llamándome cuando quería algo.
Ya no está en la cama. Da vueltas a mi alrededor, mirándome con sus enormes y vacíos ojos negros. Muy deprisa, no tiene piernas. Intenta tocarme con sus frías manos sin vida. No puedo moverme. Nunca me perdonó que la abandonara y ahora quiere vengarse. Jamás me dejará salir de aquí.
Eloísa fue siempre una mujer de carácter fuerte, enérgica y decidida. Difícil de tratar y con muchas carencias afectivas que no le dejaron avanzar por la vida fácilmente.
Mi abuela María Victoria murió cuando ella contaba tan sólo con nueve años. Hasta el final de sus días lloró su pérdida, a pesar de prácticamente no haberla conocido y no tener muchos recuerdos de ella, sólo fotos antiguas y arrugadas a las que se aferraba pensado en la vida que hubiera tenido si su madre no hubiese fallecido por un fulminante  cáncer de ovarios.
Aurelio, mi abuelo, pronto rehízo su vida con otra mujer y mi madre tuvo que convivir con ella y con tres hijos frutos del matrimonio. A pesar de los esfuerzos de la nueva mujer de mi abuelo, Eloísa no se lo puso fácil y luchaba constantemente con ella por el afecto de su padre. Nunca se sintió parte de la familia y creció con un odio irracional a esa mujer extraña que le quitaba el amor de su padre y unos hermanos que no sentía como suyos.
Con dieciséis años se marchó de casa sin despedirse de su padre como venganza por haber rehecho su vida con otra mujer que no era su madre y haber tenido tres bastardos construyendo así una familia distinta a la suya.
Pasó página y se olvidó del padre al que tanto quería en la capital. Don Aurelio no volvió a saber nunca más de su hija y murió con el corazón encogido por no poder despedirse de ella en su lecho de muerte, rodeado de todos sus hijos menos de uno; Eloísa.
Ella por su parte no volvió a pensar en don Aurelio. Esa parte de Eloísa ya había muerto. Lo único que se llevó consigo fue una foto de su madre, a la que recordaría y lloraría hasta el final de sus días.
Pronto formaría su propia familia y tendría sus propios hijos, así nunca estaría sola. Trabajando en una fábrica de embutidos se costeaba un apartamento compartido a las afueras de Madrid. La vida pareció continuar para Eloísa ajena a su familia. Los años trascurrieron y una joven Eloísa conoció al que sería el padre de su hija; José Francisco.
Aquella tarde  salió con unas compañeras de la fábrica donde trabajaba para tomar unas copas después de su jornada laboral. Cansadas del duro y rutinario trabajo en cadena se relajaron tomando unas cervezas y echando unas risas. Eloísa reía y reía con una jarra de cerveza en la mano. La puerta del bar se abrió y entró un joven apuesto que la dejó sin palabras.
Su rostro cambió por completo disipando su risa. La jarra descansó en la mesa y apretó sus manos entre sus piernas para sentir un poco de dolor por si estaba soñando. El joven se acercó a la barra y pidió una copa mientras se quitaba su sombrero marrón y lo dejaba en la barra. Apoyado con una mano  giró su cabeza para echar un vistazo al local encontrándose con la mirada fija y penetrante de Eloísa, que perpleja y sin parpadear, no le quitaba ojo desde su mesa mientras sus amigas seguían festejando como si nada.
Los ojos de Eloísa le incomodaron y apartó la mirada. Volvió a mirarla extrañado hasta que le trajeron su copa y Eloísa dejó de ser interesante. Se quitó la americana y se acomodó en un taburete junto a la barra, notando la mirada penetrante de Eloísa en el cogote.
Ya le había elegido. Eloísa supo que era él, que tenía que ser él costase lo que costase. Lo tenía muy claro, sentía su corazón palpitar con fuerza. Se había enamorado de aquel joven misterioso.
Ahuecó su falda azul cielo plisada, deshizo su moño dejando sus rizos libres y se colocó los pechos desabrochando los primeros botones de la camisa. Humedeciéndose los labios se acercó a él por la espalda.
–Perdona ¿Nos conocemos?–
–¿Cómo?–dijo sorprendido–… no creo. Es la primera vez que piso este bar. No soy de por aquí, estoy de paso…–
–Me llamo Eloísa ¿y tú?–dijo estirando la espalda y enseñando la voluptuosidad de sus pechos.
–José Francisco… me llamo José Francisco…–balbuceó descolocado – José Francisco… ¿Me invitas a una copa?–
–Verás…–
–Eloísa–
–Eso, Eloísa… no quiero ser descortés pero no ando buscando nada porque veras…–
–¡Soy muy persuasiva e insistente!–interrumpió.
–Bueno…–dijo mirándole sus enormes pechos insinuantes–supongo que a una copa te puedo invitar…–
Fueron un par de copas más de las tenía pensado José Francisco. Eloísa podía ser muy persuasiva como bien decía ella.
Cada vez que venía a Madrid por trabajo Eloísa le esperaba impaciente con las piernas abiertas y el escote desabrochado. Lo iba a conseguir costase lo que costase.
Desafortunadamente, para José Francisco sólo era un entretenimiento, así que Eloísa olvidada intencionadamente tomarse la píldora anticonceptiva para quedarse embarazada y así retenerlo a su lado, hasta que finalmente  consiguió lo que pretendía.
Me llamo Victoria por mi abuela aunque según mi madre no nos parecíamos en nada. Al poco de nacer, mi padre se largó y nunca más volvimos a saber de él. Eloísa tendría veintitantos años, no le gustaba hablar mucho de ese tema. Desde ese momento nunca más  volvió a ser la antigua Eloísa. Se replegó sobre sí misma como una flor marchita y comenzó a dejarse ir.
Nada la retenía ya en este mundo. Había perdido al amor de su vida y para ella  ya nada tenía sentido. Creo que fue  en aquel preciso instante en el que empezó a enfermar. Recuerdo escabullirme por la mañana para no hacer ruido por temor a despertarla. No se movía de la cama. Deprimida, sumida en una tremenda tristeza que la ahogada y pagando su frustración conmigo.
Llegó el día en el que no pudo trabajar más. El cuerpo inundado de llagas.  Innumerables costras conquistaron cada rincón de su cuerpo. Hinchadas, rojas, con escamas. Apenas podía caminar. Decía sufrir de terribles dolores que le impedían salir de casa. Los doctores no dieron con la enfermedad que la torturaba.
Miles de pruebas, de diagnósticos errados, de fármacos inútiles, porque su enfermedad era el abandono del gran amor de su vida y la causa era yo.
Mi padre la había dejado por mi culpa. No quería ser padre. Desde el primer instante en  que pisé este mundo no hubo vuelta atrás y ella lo sabía, así que se dejó morir lentamente. Sólo podía vivir por él. Una hija no era suficiente motivo para seguir viviendo.
Con quince años me puse a trabajar  limpiando la casa de la señora Justa, la vecina del quinto. Hubiese dado lo que fuera porque la señora Justa fuese mi madre ¡Era tan cariñosa conmigo! Sus hijos ya eran mayores y vivían lejos. Yo pasaba allí las tardes escuchado sus historias, embelesada por su delicado olor a almizcle y el dulce amor que desprendía con cada movimiento.
Debajo del brasero tomábamos té con pastas. Doña Justa recordaba su vida abriendo la vieja y gastada cajita de galletitas de mantequilla donde guardaba fotos y cartas antiguas. Hasta que mi madre nerviosa me reclamaba para que regresase a mi jaula.
Dejé el instituto. Ya no podía compaginar las dos cosas. Me dormía en clase y los profesores intentaron hablar con mi madre sin éxito. Ella quería que me dedicase por completo a ella.
Postrada en una cama rodeada de viejos libros, con sus sucias gafas, su camisón rosa, y sus viejos pechos colgando libres encima de su barriga. Así se pasaba las horas entre tinta y letras, esperando mi llegada para hacerle la comida y  ayudarla a asearse.
La dentadura postiza de Eloísa sigue en la mesita de noche, dentro de un vaso con agua. Continua sumergida esperando a su dueña, medio podrida, con una capa de moho en la superficie. Permanece revoloteando a mi lado. Noto el aire cuando pasa casi rozándome. No me pudo mover.
Una bolsa de suero sigue colgando, vacía, aguardando a Eloísa. La cama está hecha. Sus sábanas rosa pastel lucen ocultas debajo de una fina capa de polvo. Huele a humo de cigarro. Eloísa fumó como un carretero hasta su último aliento. Reciclaba sus propias colillas y se fabricaba sus cigarrillos cuando me negaba a bajar al estanco. Las colillas siguen en un pringoso cenicero olvidado debajo de su cama. Puedo verlo desde la posición en la que me encuentro, al lado de un mugriento orinal lleno pis medio cuajado.
Lo único que puedo mover son mis ojos de lado a lado. A unos centímetros se encuentra su andador. En sus últimos días lo hacía servir para ir hasta el baño donde la duchaba siempre que estaba de humor. Cuando no, pasaba días, incluso semanas, sin tocar el agua, rodeada de su propio hedor sin importarle.
Puedo ver mis zapatitos negros de charol pero no los puedo mover. Quiero salir de aquí pero me es imposible. Ahora que me tiene donde quería no me dejará tan fácilmente. Alcanzo a ver una baldosa mal colocada que llama mi atención. Es como si alguien la hubiese arrancado y después dejado cuidadosamente en su lugar. Está situada al lado del cenicero, debajo de su cama. Nunca había reparado en su existencia hasta este momento. Me muero por mover esa baldosa. 
El sonido insistente del timbre me libera y Eloísa nerviosa corre hacía la puerta. Una sombra se mueve muy deprisa por debajo de puerta.
–¡Victoria abre la puerta, sé que estás ahí! ¿A qué estás jugando? ¡Abre la maldita puerta de una vez!–
Es Jon, me ha encontrado. Me acerco sin hacer ruido a la puerta. Agarro la maneta y me quedo quieta. Jon continúa gritando. El tiempo se detiene antes de que cometa el mayor error de mi vida; dejar entrar a Jon de nuevo en mi vida. Mis rizos dejan de moverse y caen pesados, mi rostro se relaja impasible. Detengo mi mano antes de que sea demasiado tarde. Jon me insulta pero no es la primera vez, ya estoy acostumbrada. El tiempo trascurre pero yo permanezco inmóvil, agarrada a la maneta de la puerta incapaz de acabar el movimiento para reencontrarme con Jon.
Ya no se oyen gritos detrás de la puerta. Las sombras han desaparecido. Jon ha desistido. El tiempo vuelve a trascurrir con normalidad para mí y vuelvo a notar un aire helado danzando entre mis cabellos. Me doy la vuelta y corro hasta mi habitación. Cierro la puerta. Espero que Eloísa no me haya seguido.
Me meto en la cama con la luz apagada. Tengo que dormir. La vibración de mi móvil me despierta, es Jon. No creo que se dé por vencido tan rápido, no parará hasta encontrarme. He de seguir corriendo pero es tarde y haré noche aquí hasta mañana. Sé que no me puedo quedar aquí, Jon volverá. No puedo creer en lo que se ha convertido. Apenas si se parece a aquel muchacho tímido e introvertido que me miraba en clase desde la última fila.
Experimento el peso del duro día en mis parpados. El agotamiento me vence poco a poco. El cansancio me gana y me duerno intranquila.
Jon y yo nos conocimos en clase. Intentábamos sacarnos el título de auxiliar de enfermería en un centro de educación para adultos. De noche, con personas que como nosotros buscaban una segunda oportunidad, un giro en sus vidas.
He de reconocer que al principio no reparé en él, pero poco a poco su mirada me fue interesando y día tras día mis defensas se fueron relajando.
Recuerdo el lunar de su mejilla. No podía parar de mirarlo. Era muy grande, redondo, situado justo en la mitad de su moflete izquierdo. Se movía rítmicamente mientras hablaba, y al sonreír era engullido por uno de sus hoyuelos casi hasta desaparecer.
No muy hablador, se sentaba en la última fila y no se relacionaba prácticamente con  nadie. Sin embargo, notaba como me miraba desde su pupitre. Soportaba  su penetrante mirada en mi nuca. No sabía qué quería de mi, si matarme o hacerme el amor. Desconcertante. Imposible descifrar lo que se escondía detrás de su mirada.
Las pocas y raras veces en las que no me miraba, me quedaba boquiabierta observándole intrigada. Los caracolillos de su pelo negro parecían pegarse a su cabeza, casi pintados, no parecían ser suyos.
Yo le observaba desde la ventana de clase, apoyado en un árbol  y fumando un cigarro. Delgado y desgarbado. Misterioso. Seguro. Mirada penetrante. Me daba un poco de miedo. Tenía la sensación de que ya le pertenecía, de que era suya.
En aquellos tiempos no estaba muy interesada por el género masculino. Bastante tenía con mi trabajo de limpiadora y cuidar a mi madre. No tenía ganas ni tiempo para nada más. Pero el caprichoso destino confabuló para que realizásemos las prácticas de auxiliar de enfermería en el mismo hospital. Nos vimos obligados a hablar.
Estábamos solos en un mundo que no conocíamos y sólo nos teníamos el uno al otro. Todo era nuevo, y la mirada del otro nos reconfortaba. Bajé del todo mis defensas con Jon pero yo no lo tenía tan claro como él.
He de confesar que el roce diario me hizo empezar a mirarlo con otros ojos. Jon no tardó en darse cuenta. Mi lenguaje corporal cambió para con él. La distancia cada vez fue más pequeña y tengo que reconocer que me estiraba casi hasta partirme la espalda para que pudiera ver bien mi escote debajo de esa horrible bata blanca.
Las prácticas comenzaron a ser más interesantes para mí. Me maquillaba y arreglaba antes de salir de casa canturreando como una colegiala tonta. La tensión sexual se fue haciendo insostenible para ambos.
¡El turno de noche arruinó mi vida! Éramos los únicos trabajadores que quedaban en toda la planta. Los internos dormían y todo estaba bajo control. En la sala de descanso, bebía un vaso de agua cuando de repente Jon me cogió por detrás agarrándome de la cintura y bajando sus manos por mis ingles.
El vaso de agua se me cayó de las manos empapando el suelo. Me giró violentamente, empujándome contra la pared. Sus pupilas estaban muy dilatadas y sus labios parecían bombear sangre. Gruesos, sonrosados, ardientes. Sentí su aliento en mi rostro antes de que comenzara a besarme, espeso. Yo no tardé mucho en corresponderle. Hacía mucho tiempo que no sentía el deseo de un hombre.
Rompió con rabia mi bata blanca y los botones cayeron al suelo asustándome. Me agarró de un pecho y comenzó a lamer con ansia mi pezón. Apoyé mi cabeza en la pared excitada, mis pezones cada vez estaban más duros. Volvió a mis labios y agarró mi pierna izquierda rodeando sus glúteos.
Me rozaba con su miembro erecto mientras yo seguía húmeda el movimiento. Mis pantalones cayeron al suelo seguidos por mis braguitas completamente mojadas. Casi sin darme cuenta le sentí dentro y solté un suave quejido.
Me miraba a los ojos fijamente mientras me penetraba, con su pupila dilatada y sus labios rojos bombeando sangre. Me movía arriba y abajo con cada envite.  Estallé de placer y él me siguió. Nos quedamos unos segundos en esa posición, sin movernos, hasta que volvimos a sentir el frio en nuestros cuerpos y nos vestimos.
Hace diecisiete años de aquel fatídico día que arruinaría la poca vida que aún me quedaba, tenía veinte años y el resto de la vida que no había destruido mi madre aún por delante.


Otras novelas publicadas: Ladrones de alegría.












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