lunes, 25 de mayo de 2015

DESCRIBIENDO HISTORIAS: LADRONES DE ALEGRÍA






Nombre: Raquel Castro
Título: Ladrones de Alegría
Género: Ficción paranormal

Sinopsis:
Esther es una atractiva chica de treinta y nueve años. Vive en una de las zonas más caras de Nueva York y trabaja como reportera en un programa de corazón de un modesto canal de televisión local.
Fría y calculadora, roba la energía a todo el que se cruza en su camino con tal de seguir viva un día más. Necesita alegría para alimentarse, ya que Esther, es una zombi energética de las más peligrosas. Estadio cuatro. La transformación ha concluido siendo uno de los zombis más peligrosos que pululan entre nosotros y de los más difíciles de identificar a primera vista, pues se camuflan bajo caras bonitas y carismáticas.
Con frases envenenadas como “no quiero hacerte sentir mal pero…” o “te digo esto por tu bien…” intentarán hacerte sentir mal y destrozar tu estado anímico. El robo del tu energía será la primera señal de advertencia. Al menor síntoma de cansancio o aturdimiento sal corriendo, porque lo primero que te robarán será tu energía y lo último, tu vida.
Las víctimas de Esther se cuentan por decenas. Siempre victoriosa, con el gaznate lleno  y el deber como zombi cumplido, dejando un reguero de gente agotada y aturdida a su paso. Hasta que en su descenso a la oscuridad se topa con Michael, un alma pura que profetizará su destino a partir de ese momento.
La suerte de Esther da un giro de trescientos sesenta grados, y una serie de infortunios  la acecharán un día tras otro para despojarla de todo lo que le importa.
Será en ese preciso instante cuando Esther deba escoger entre alimentarse de seres inferiores y con baja autoestima o salir a la luz y renunciar a sus poderes de no-muerta.



Personajes:


Esther: 39 años. Reportera de un programa de corazón en un canal local de Nueva York. Fría, calculadora y manipuladora capaz de escalar en su vida y en su carrera profesional a costa de casi cualquier cosa. Morena, ojos azules y cuerpo de infarto. Desgraciada en el amor y en la mayoría de las relaciones personales que intenta establecer. Zombi en estadio cuatro.


Olivia: 35 años. Hermana pequeña de Esther. Vive en Galicia con su pareja Federico regentando un pequeño hotel rural. Enemiga número uno de Esther rivalizando por el amor de sus padres. Buena, cariñosa e hija perfecta. Ser de luz.

Beatriz: Becaria del Canal 7 y almuerzo, cena y tentempié de Esther. Sumisa, tímida e introvertida. Infectada.

Andrea: 39 años. Única y mejor amiga de Esther. Casada con Adam y con dos hijos. Confiada y amable. Zona cero.

Adam: Esposo de Andrea y padre de sus dos hijos. Casado con Andrea por su posición social. Con el trascurso de los años no pudo más que enamorarse de la encantadora Andrea. Amante de Esther. Mutante.

Federico: 40 años. Italiano. Rapado, musculado y pintor aficionada, ayuda a su pareja Olivia en el hotel rural compaginándolo con el taller de pintura que imparte en el pueblo. Alma pura  objeto de deseo de Esther.




Fragmento:

1-    ZOMBIS SEDIENTOS DE SANGRE


La vida es difícil para todo el mundo. Vivimos en mundo complejo donde todo lo que hacemos está previamente predeterminado y estudiado al milímetro. Nada se deja al azahar en nuestro mundo prefabricado.
Nacemos casi sabiendo lo que vamos a hacer el resto de nuestras vidas y pronto la sociedad nos etiqueta como si fuéramos un artículo del súper.
Nadie  puede salir de este club por  temor al desprecio y al destierro. No hay lugar para los diferentes entre ellos, para las mentes libres y soñadoras. No les gustan las personas felices porque son las más difíciles de domesticar.
Así que por temor a ser  fugitivos de la sociedad, sucumbimos a la presión y hacemos exactamente lo que se espera de nosotros. Esperando un poco de aceptación por parte de los demás, la cual nunca llega y nunca nos parece suficiente. Estamos dispuestos a hacer un esfuerzo sobrehumano para que los demás nos quieran y nos den su aprobación, pero en cambio no somos capaces de seguir nuestro instinto e intentar se felices escogiendo nuestro propio camino.
La mayoría sucumben por la presión del entorno y llevan el resto de sus vidas una existencia insulsa y anodina. Condenados de por vida a la frustración, vagan por el mundo como “zombis” sedientos de la felicidad ajena, envidiando a los más valientes que han decidido alejarse de la senda preestablecida  y emprender su propio camino lejos de la seguridad y el calor de la mayoría.
Despojos humanos llenos de podredumbre. Almas vagabundas en busca de alimentos. Aulladores de la noche…, nunca se sacian, siempre necesitan más.
 En ese descenso a las profundidades del abismo que provoca vivir una vida que no la sientes como tuya, la maldad hace mella en muchas almas marchitas y se abre paso para calmar un poco de frustración atormentando a seres más débiles e inferiores, y así sentir por un momento que se tiene el control. El control de una vida vacía y sin alicientes.
El camino de la felicidad es difícil y está lleno de obstáculos. Sólo los más valientes se han aventurado por ese camino tortuoso y  peligroso lleno de enemigos acechándote en cada esquina. No todo el mundo puede ser feliz. No todo el mundo pude vivir al margen de todo.
Los más necios suelen escoger el camino más fácil, el de la mayoría, ya preestablecido por defecto en nuestras mentes controladas y se pasan la vida quejándose, culpando a los demás, a la sociedad,….etcétera, de lo mal que les ha tratado la vida sin el valor suficiente para mirar sus propios ombligos en busca de respuestas.
Muchos se convierten en zombis amargados que pululan por ahí fuera en busca de alegría fresca. Viven de la energía de los demás, se nutren de ti para seguir adelante, te buscan para dejarte seco y sin fuerzas y así poder seguir por unos días más vagando sin sentido.
Pero sin duda alguna los más peligrosos son los que yo denomino “Total Zombi”. Ya han completado su trasformación. Fríos y calculadores. Gestionan perfectamente sus emociones. Son contenidos y te observan cuando no te das cuenta intentando manipularte.
Escondidos bajo caras amables y familiares, hunden a su víctima a base de frases envenenadas como: “te lo digo por tu bien” o “no quiero hacerte sentir mal pero…” Cuando menos te lo esperes estarás deprimido y sin fuerzas, preguntándote qué demonios ha pasado mientras ellos erguidos y con sus gaznates repletos de tu sangre salen por la puerta con sus rostros resplandecientes en busca de su próxima víctima.
Su apetito es voraz siendo más difíciles de reconocer que los zombis normales, de ahí su gran peligrosidad. Se harán pasar por tu mejor amigo hasta que un día te despiertes abatido y sin ganas de nada.
La culpa es tuya. Tú les has dejado entrar en tu casa, les has abierto la puerta de tu corazón y ahora les perteneces. Has entrado en su telaraña. Han minado poco a poco tus defensas hasta derrotarte por completo.
Aún agonizante, sigues preguntándote si realmente eres una víctima o son imaginaciones tuyas. Son los más dañinos porque nunca les ves venir hasta que ya es demasiado tarde para ti. No hay muchas señales que te permitan reconocerlos, únicamente una sensación angustiosa de cansancio y agotamiento cuando estás cerca de ellos.
El robo de tu energía será la primera señal de advertencia. Cuando tengas esta sensación sal corriendo sin dudarlo. Intentarán convencerte de que estás viendo visiones, que únicamente son imaginaciones pero tú sigue caminando sin mirar atrás.
Están por todas partes, nos rodean, cualquier sitio es bueno para toparse con alguno. Desde el maleducado que se pasa toda la película comentándola sin importarle incomodar ni molestar a los demás. Hasta la señora que muy hábilmente se sitúa junto a ti en la cola de la carnicería haciéndose la despistada, sin mirarte a la cara mientras hace una radiografía de ti “su víctima” con una mueca de asco sujetando su viejo monedero con los brazos cruzados a la altura del pecho. Adelanta sigilosamente un pie y antes de que puedas ni siquiera pestañear  le pide al tendero medio kilo de pechugas fileteadas.
Pasan totalmente desapercibidos para nuestros ojos y se camuflan entre la multitud como seres totalmente adaptados y socialmente aceptados, pero que no te despiste su apariencia física, pues bajo en muchos casos un cuerpo bonito se esconde un alma corroída por la amargura y un cuerpo en descomposición en busca de tu sangre.
Tu alegría les es del todo incómoda y no pararán hasta que hayan acabado contigo. Si te topas alguna vez con un zombi ¡HUYE, HUYE POR TU VIDA! corre todo lo que puedas porque sólo así podrás salvarte. No intentes heroicidades como hablar con ellos, ayudarles o hacerles entrar en razón, es inútil, muchos inocentes lo intentaron antes sin éxito y ahora tratan de superar las secuelas de su mortal mordedura.
No puedes ayudarles, sólo ellos mismos pueden volver a la vida y dejar de alimentarse de los demás si antes se arrepienten de todo el daño que han causado.
 Al fin y al cabo, supongo que todos tenemos derecho a redimirnos de nuestros pecados, a que absuelvan a nuestras pobres almas pecadoras de arder en el fuego eterno, a disolver nuestro karma negativo con buenas acciones y actitudes de buen samaritano.
Pero el karma pide un precio muy elevado por cada mala acción  y serán castigados con creces hasta que sus almas estén limpias. El universo no recobrará el equilibrio hasta que no paguen por todos sus pecados y por todas las personas a las que  han causado sufrimiento. Ninguna mala acción queda sin castigo. Estén donde estén les encontrará para cobrarles la cuenta. Nadie se va sin pagar. El día de la redención parecía estar aún muy lejos para Esther.
Esther Castro Rodríguez era una Total zombi de manual, y de los más peligrosos que circulan entre nosotros. Fría y distante, se alimentaba de seres inferiores con baja autoestima para mitigar su alma frustrada. Sin rumbo en la vida, vagaba por ahí sin ton ni son, buscando alegría fresca para devorarla con su voraz apetito, y así, por una milésima de segundo sentirse un poco viva con la garganta llena de sangre.
Un día como otro cualquiera entró por la puerta de las oficinas del Canal 7. Un pequeño canal de televisión de Nueva York, dirigido principalmente a la población latina, en el que trabajaba como reportera en un programa de corazón. Ataviada con un dos piezas, americana negra entallada con blusa blanca y minifalda negra a juego,  zapatos negros de tacón alto y bolso de marca. Gafas de sol tres veces más grandes de lo normal que se quitaba estratégicamente dentro de la oficina después de dar los buenos días a la recepcionista.
Debido a su habitual contoneo de caderas y  movimiento de melena de un lado para otro no se percató de la presencia de Michael, un becario del departamento de documentación, que venía hacía ella cargado con una montaña de documentos que le sobrepasaba la cabeza.
Michael: Alma pura. Persona no infectada. Espíritu libre. Sin contaminar. La maldad no anida en su corazón. Mirada limpia y pura. Capaz de ver a zombis que no han completado su transformación tal y como son en realidad. Menos a los Total zombis o zombis completos en estadio cuatro. Aquellos que han alcanzado la plenitud como no–muertos y que sólo son visibles para Seres de luz, pero en cambio puede olerlos y percibirlos.
–¡Mira por dónde andas! ¿Es que eres tonto?  La has liado buena. Recógelo ahora mismo si no quieres que avise al director para que te despida…–dijo Esther olfateando a Michael en busca de sangre.
Inocencia de primera calidad. Sin aditivos, tal y como le gustaba a Esther. La boca se le hacía agua y sus dientes corroídos de no–muerta se preparaban para el festín.
–Pero señorita Esther… si ha sido culpa suya… usted ha chocado conmigo…–
–¿Perdona? ¡Da gracias de que no hago que te despidan en este preciso momento!–
–Algún día el universo te hará pagar por todo lo que has hecho… bruja…–musitó Michael entre dientes.
–¿Cómo has dicho?–desplegó sus dientes.
Una víctima respondona. No estaba acostumbrada a que su comida hablara de esa manera.
–Michael, venga, yo te ayudo a recoger–dijo Amelia la recepcionista arrodillándose en el suelo.
Amelia: Mutante. Estadio dos. Cuarenta y tres años. Madre de dos hijas adolescentes que tuvo siendo muy jovencita. Malvive con su marido y sus hijas en un minúsculo apartamento al este de Nueva Jersey. Se alimenta de seres inferiores que le ofrecen su alegría y su sangre. Normalmente sacia su voraz apetito en el seno de su familia. En el trabajo se muestra sumisa y se deja devorar por zombis completos para conservar su puesto de trabajo.
Esther se alejó airosa perdonándole la vida a Michael, al menos por ahora, no sin antes pisar un par de papeles pensando en qué demonios había querido decir ese becario maleducado con eso del universo. Lo dejó correr porque tenía que centrase en sus asuntos y también porque hoy, como cada día, llegaba tarde a trabajar.
Dejó su bolso en el suelo de su despacho y su abrigo colgado en el perchero y se fue directamente a la máquina de café. Necesitaba despertarse.
Introdujo unas monedas apoyada en la máquina intentando recordar lo que había querido decir aquel chico sobre el universo. Agarró el vaso de plástico y se lo acercó a la boca para dar el primer sorbo mientras resonaban en su cabeza las palabras “universo” y “pagar”. Las primeras gotas de su café solo cayeron en su paladar abrasándole  la lengua. En un intento desesperado por alejarse del café hirviendo, se lo derramó encima de su preciosa blusa blanca casi transparente, que ahora después del café no necesitaba el casi.
–¡Mierda! ¡Mi blusa de seda! ¡Dios!–
Aporreó la máquina de café con sus preciosos zapatitos negros con tacón de aguja, acompañando cada envite de todos los insultos habidos y por haber que se agolpaban en su lengua viperina unos encima de otros sin orden ni control.
Los alaridos de Esther hicieron que la recepcionista alarmada corriera en su auxilio.
–¿Se encuentra bien doña Esther?–le preguntó Amelia acercándose a ella con mucho temor.
Su aroma la cautivó una vez más ¡Oh, dulce Amelia, fiel súbdita de no–muertos sedientos! Siempre estaba allí cuando la necesitaba. Dispuesta a saciar el apetito de una Total zombi como Esther, sin rechistar, sin oponer resistencia y seguir viva un día más para volver el encuentro de su señora y colmar de nuevo su sed ¡Era la comida perfecta! Y ahora, después de su desagradable incidente con la máquina de café, necesitaba un poco de energía fresca para recuperar la dignidad que el café solo había derramado en su blusa y en el suelo de la sala de descanso para empleados.
–¡Pues claro que no me encuentro bien! ¡Pero qué clase de pregunta es esa! ¡Me he derramado el puto café hirviendo por encima!–dijo engullendo la energía de Amelia. Relamiéndose casi compulsivamente los labios.
La pobre Amelia siempre estaba allí cuando Esther necesitaba un poco de sangre fresca. No oponía mucha resistencia, y muy servicialmente le ofrecía su cuello para que Esther se alimentara siempre que lo necesitara. Era la recepcionista perfecta, siempre atenta a tus necesidades.
–Sí…–
–¡Deja de mirarme como un pasmarote y tráeme una toalla limpia para que me seque!–
–¡Sí doña Esther! ¡Ahora mismo!–
–¡Dios, que mujer más inútil! Si de mí dependiera te hubiera despedido hace ya mucho tiempo…–farfulló Esther mientras veía a Amelia alejarse desorientada en busca de algo seco con lo que se pudiera limpiar.
–¿Qué ha pasado? ¿Por qué grita la bruja?–le preguntó Michael.
–Se ha derramado el café por encima. Necesita algo para secarse y no tengo nada que darle–
–¡Toma karma! Le está bien merecido por bruja ¡Cómo me hubiese gustado verlo en vivo y en directo…!–rió.
–¿Qué le doy para que se seque? No hay nada…–
–Que se joda, déjala, que se busque la vida…–
–No puedo, si no le llevo algo seco me gritará. Le daré mi rebeca–
–¡Estás tonta! Dile que no has encontrado nada con lo que se pueda secar y listo. Encina no le vas a dar tu ropa ¡Hombre! ¡Ya lo que faltaba!–
–Prefiero darle mi rebeca antes de que grite, hoy sólo quiero calma…–
–Vale Amelia, como tú quieras, tú misma… yo ya no te quiero decir nada…–
Amelia se acercaba temblorosa con su chaquetita marrón en la mano, rogando al cielo que Esther tuviera a bien aceptarla sin más, sin gritos, sin reproches, sin sobresaltos…
–¡Ya era hora! ¡Qué has ido a buscarla a China!–
–Perdone doña Esther, es que no he encontrado ninguna toalla para que se seque. Le he traído esta rebeca para que se pueda cambiar de ropa–
–¡Ah, no! ¿De dónde demonios has sacado esta horterada? Ni mi abuela tenía tan mal gusto…–rió.
–Es mía señora…–
–Tuya tenía que ser… anda trae acá… me la tendré que poner, no tengo más remedio. Espero no encontrarme a nadie conocido por la calle con esta horrible rebeca–dijo Esther arrebatándole de las malos la rebeca con una mueca de desagrado.
De vuelta a casa, la preocupación de Esther se centraba en pasar desapercibida. Ella nunca se hubiese permitido salir de casa con esas pintas. Con una reputación que conservar, se parapetó detrás de sus exclusivas gafas de sol e intentó no cruzarse con nadie conocido hasta llegar a casa.
Esa noche era especial. Adam, su último amante venía a cenar a casa después de muchos intentos en vano.
Abrió la puerta de su loft henchida de alivio al sortear miradas indiscretas y exhalando con fuerza la cerró tras de sí apoyando unos segundos su espalda. Tiró el bolso encima del sofá blanco de piel y se sirvió una copa de vino tinto.
Soltándose el pelo se acercó con su copa de vino en la mano a la ventana del salón. Tragó un sorbo del delicioso vino disfrutando de las impresionantes vistas de Nueva York al atardecer.
La lucecita del contestador automático parpadeaba incesantemente. Dejó inmediatamente la copa de vino sobre de la mesa de cristal del comedor anticipándose a lo que estaba a punto de escuchar. “Esther, soy Adam, mira cariño lo siento pero ha surgido algo…, veras…, resulta que es el cumpleaños de mi mujer y se me había pasado. Espero que lo entiendas, no puedo hacerle eso. Mi hija pequeña le ha hecho un dibujo en el cole ¿Lo entiendes, verdad…?
Adam: Mutante. Estadio dos .Cuarenta y cinco años. Dos hijos. Arquitecto y marido de Andrea, la mejor amiga de Esther. Enamorado a primera vista del dinero y la posición social de Andrea. Con el tiempo y para su desgracia,  Andrea se adentró en su corazón, y ya no sabía cómo deshacerse de ella sin lastimarse a él mismo.
Ira, odio y furia emanaban de los ojos de Esther a punto de estallar hasta que el timbre frustró la inminente detonación.
–¿Andrea? Pero… ¡qué sorpresa! ¿Cómo tú por aquí?–
–Pasaba por aquí y quería saludarte… ¿no me invitas a pasar?–
–Sí, claro, pasa…–dijo Esther perpleja.
Andrea: Zona cero. Personas no infectadas. La maldad está presente en muchos casos en sus corazones aunque no estén contagiados, no pudiendo convertirse en Almas puras o Seres de luz. Normalmente son la comida preferida para los no–muertos, puesto que no les ven venir y normalmente no oponen resistencia.
Por muy extraño que pudiese parecer, dado su  voraz apetito, en ese momento Esther no tenía ganas de más sangre. Andrea siempre fue una de sus víctimas favoritas. Incapaz de ver el auténtico aspecto de Esther, creía inocentemente que eran amigas ¡Pobre desgraciada! Nada más lejos de la realidad. Y volvía una y otra vez a ofrecer su sangre fresca  al zombi en descomposición de Esther.
Pero hoy ya había comido suficiente y su gaznate estaba lleno y sin ganas de más. Lo único que le apetecía era retirarse a sus aposentos y afilar sus garras hasta su próximo ataque.
–Es que no quiero llegar a casa... ¡vino! justo lo que me hace falta en este momento–dijo Andrea cogiendo la copa de vino de encima de la mesa de cristal y tomándosela de un solo trago.
–Eso era mío…–dijo Esther molesta en voz baja.
–¿Qué dices?–
–No, nada, que si quieres otra copa–dijo Esther abriendo el frigorífico.
–Sí, por favor ¡He tenido un día de mierda!–Exclamó Andrea tirándose abatida en el sofá.
–¿Qué pasa? ¿Alguna novedad?–preguntó Esther llenando dos copas con pulso tembloroso.
–¡Hoy es mi cumpleaños y mi marido no se ha acordado! ¡Los únicos que me ha felicitado han sido los de la herboristería de al lado de casa….! ¡Y  por e–mail!–dijo desolada.
–¡Felicidades…!–
–Lo ves... Pero si ni mi mejor amiga se acordaba ¿Acaso le importo a alguien?–
Este es el preciso momento en el que se reconoce a un zombi. Si una amiga (o amigo) se siente destrozada, necesitada de un poco de apoyo por tu parte y te pregunta: “¿Acaso no le importo a nadie?” Lo más lógico es que le respondas: “No digas eso…claro que importas a mucha gente. Habrá sido un descuido, ya verás como cuando vuelvas a casa tu marido te tiene preparada una sorpresa...” O algo por el estilo en la dirección le quito hierro al asunto porque te quiero y te hago sentir bien… ¡Vamos, lo normal…!
Pero en el caso de los zombis  es diferente y este es el momento clave para poder reconocerlos.
Hay dos opciones: escoger el camino del bien haciéndote sentir mejor y apoyándote, o por el contrario escoger el camino del mal y hacer que te encuentres aún peor que cuando entraste por la puerta.
Este es el momento justo en el que abren sus gargantas sedientos de sangre y empiezan a chuparte hasta la última gota de energía hasta dejarte seco, aturdido y con ganas de morirte.
–Bueno… ya sabes lo que dicen del matrimonio…–dijo Esther quitándole de las manos la copa de vino.
–¡No! ¿Qué dicen...?–
–Pues que es la tumba del amor. Los hombres una vez que están casados  pierden interés…–
–¿Tú crees?–
–¿Pero tú cuantos años llevas con él?–
–Quince… pero yo sigo enamorada de él. No tengo ojos para otro hombre y además es el padre de mis hijos…–
–Los hombres son diferentes. Ellos necesitan propagar su semilla…–
–¿Propagar qué…?–
–¡Su semilla! Ya sabes, es instintivo. Sienten la necesidad de fecundar a la mayor cantidad de hembras posibles… y claro obviamente con dos hijos… Contigo ya ha cumplido con creces– expuso contundente Esther dándole un sorbo a su copa de vino.
–¿En serio? Entonces… ¿tú crees que mi relación ya está rota?–
–¡Si cariño! Siento mucho ser yo quien te diga esto pero… Es la naturaleza. Tú ya le has dado a tu marido todo lo que le podías dar; tu belleza, tu juventud, dos hijos… y ahora él buscará eso en otra persona nueva–
–¡No creo! ¿Adam?–
–Que no se haya acordado de tu cumpleaños es sólo la primera señal–
–¿Y qué hago yo ahora?–
–Pues lo mismo que él ¡Búscate a otra persona! ¿O vas a permitir que te tire a la basura como a un trapo viejo?
–¡No! ¡Eso sí que no!–
–¡Déjale tu primero! ¡No permitas que te humille de esa manera!–
–¡Sí! ¡Tienes razón! No voy a permitir que me humille–
–Claro, si ahora ser divorciada es lo más…tú ponte guapa y sal por ahí…–dijo Esther acompañándola hacia la puerta.
–Podríamos salir juntas de marcha–
–Sí… pero otro día que hoy estoy muy cansada. Saludos a Adam de mi parte–
Cerró la puerta con rabia al saber que el hombre de su vida la había dejado plantada por su amiga. Andrea era su esposa pero ese dato no la hacía sentir culpable por lo que estaba haciendo ni por un segundo.
Todo lo que hacía tenía justificación en la cabeza de Esther. Simplemente lo quería y punto. Todo lo hacía para conseguir un fin muy concreto: su propia satisfacción.
Estrujó  la copa de vino con tal fuerza que el cristal se rompió en mil pedazos y su sofá de piel blanco se tiñó de rojo. Enfurecida al ver en qué estado se encontraba su carísimo sofá de diseño comenzó a quitar los cristales y el vino derramando con la mano y fuera de sí.
La adrenalina mezclada con ira corría por sus venas sin advertir el daño que se estaba infringiendo. Su mano se tiñó de rojo al igual que el sofá a causa de los cortes. Sintió como se mareaba y presa del pánico por la posibilidad de perder el control llamó a Adam.
–¡Adam! ¡Adam!–
–¡Estás loca! ¡Te he dicho mil veces que no me llames a casa!–
–Me he cortado. Hay mucha sangre. Me mareo ¡Tienes que venir a ayudarme!–
–¡Andrea está a punto de llegar, estoy con los niños!–
–¡Te necesito! ¡Elige, ellos o yo!–
–Esther, no vuelvas a llamarme…–
–¡Adam! ¡Adam! ¡No me puedes hacer esto! ¡Adam!–
Lanzó el teléfono por los aires presa de la ira. No tenía a nadie a quien acudir. Quizás sus padres pero vivían lejos, en Nueva Jersey, y tardarían demasiado en llegar. Por no mencionar que no le apetecía que se enteraran del lamentable estado mental en el  que se encontraba. Así que se vistió y se acercó a su centro de salud para que le hicieran una cura.
Anduvo cabizbaja entre la gente con su mano vendada y una vieja sudadera gris que encontró en su armario y que consiguió enfundarse tras muchos aspavientos de dolor. Esto no le podía estar pasando. Ella, que tenía a todos los hombres a sus pies, a su servicio para darle todo lo que necesitaba.
Lo cierto es que Adam sí le daba todo lo que deseaba, si no coincidía con su mujer, por supuesto. El problema radicaba en que Esther sólo se fijaba en hombres poderosos, con dinero, posición social… y eso normalmente iba acompañado de una esposa y unos niños. Por lo que Esther, muy a su pesar, se tenía que conformar con las migajas, de lujo por supuesto, que le podían lanzar.
Esther era una zombi de grado cuatro. Veréis, para mí los zombis que deambulan por ahí fuera, entre nosotros, poseen su propia escala de intensidad. Desde los más inofensivos hasta llegar a los más letales. Claro está, que esta escala no es fija y puede ser que alguno  de ellos tenga varias características de más de un estadio.
El aspecto real de estos seres en descomposición tan sólo es perceptible por un Alma pura. Personas más evolucionadas que ven a través de sus ojos su carne podrida, su nauseabundo olor, etcétera. Para las demás personas son totalmente imperceptibles. Una vez que han llegado al estadio cuatro completando la transformación tan sólo los Seres de luz podrán ver su verdadero aspecto.
En el número uno están los “Infectados”: Engloba a aquellas personas que están desarrollando la enfermedad o que estando ya infectados no pasan de este estadio. Son aquellos individuos que se te cuelan en la cola del súper, que te empujan al pasar y no te piden perdón, que te miran mal por la calle sin conocerte de nada (más de tres segundos seguidos ya es una falta de respeto), que copian todo lo que haces con envidia, que te critican a tus espaldas y luego te ponen buena cara, etcétera. Por desgracia, lo normal es que sea la antesala de algo peor y que estén mutando, su carne está empezando a descomponerse. Pero muchos se quedan siempre en este estado, hibernando, su maldad se congela esperando algún choque emocional brusco para salir de la hibernación y pasar de estadio.
Características: Suelen ser personas con muy baja autoestima, poca personalidad y en general pasan por la vida desapercibidos, sin hacer ruido. Son invisibles y se esconden detrás de personas más fuertes que muchas veces pisan y destruyen hasta convertirse en Total zombis de grado cuatro. Miradas vacías, oscuras y penetrantes. Rostros marchitos, sin luz. Pesimistas. Quejadores compulsivos. No quieren que les ayudes sólo vomitarte su ponzoña.
En el número dos los “Mutantes”: Son aquellas personas envenenadas por la maldad. Sus primeros síntomas ya son visibles para aquellos que sean capaces de ver su aspecto real. La piel empieza a descomponerse, cayéndose a cachos a cada paso que dan. El olor es insoportable y dejan un rastro de gente mareada y sin rumbo a su paso.
Características: Suelen ser personas negativas y llenas de pesimismo, rodeadas por un aura espesa y densa con la que te atrapan sin dejarte respirar. Rostros marchitos y sin luz. Pieles llenas de impurezas. Sequedad. Acné. Padecen ansiedades leves y poseen vidas vacías dónde se encuentran atrapados y sin salida. Para reconocerlos sólo tienes que hablarles sobre lo maravillosa que es tu vida. Automáticamente el mutante que llevan dentro tomará las riendas y te cortará sin más, pues está empezando a hervir oliendo tu alegría. Con comentarios sarcásticos e hirientes intentarán hacerte ver que tu alegría no es tal y que en realidad tienes un problema grave con frases como “Te lo digo por tu bien…” o “No quiero ser yo quien te diga esto pero…” Lo normal es que sigan su ascenso hasta convertirse en zombis completos.
En el número tres  “Crisálidas”: El virus ya se ha extendido por todo su cuerpo. Ha tomado el mando pero todavía no son conscientes de su propia naturaleza. Vagan por las calles sintiendo la necesidad de sangre, corriendo con sus gargantas resecas, pero no pueden ponerle nombre a lo que les está sucediendo.
Características: La enfermedad ha dejado huella en sus rostros llenos de líneas de expresión y arrugas por el tremendo catastrofismo y pesimismo con el que se enfrentan a sus tristes vidas. Estallan sin control. Pasan de una emoción a otra, sin transición, incapaces de gestionar sus sentimientos. Sufren de estrés crónico y la mayoría hace años que no logra dormir más de varias horas seguidas. Son incapaces de relajarse un segundo y tienen que llenar sus vidas con actividades y eventos sociales para no pararse a pensar ni un sólo segundo en sus insatisfactorias vidas sin sentido. Miradas oscuras, fijas, aturdidoras. Caras demacradas y sin luz, cuerpos encorvados y sin fuerzas.
Sus víctimas ya se cuentan por decenas, su apetito va en aumento a medida que la metamorfosis avanza. Caminan pululantes, con sus cuerpos totalmente desechos y corroídos por el virus. Se afanan por encontrar sangre fresca con la que alimentarse porque su apetito cada vez es mayor. A medida que la transformación llegue a su fin, será más difícil demostrar su existencia, ya que se camuflan bajo personas amables y carismáticas. Ellos fueron los culpables de tu último despido, de que te pelearas con tu mejor amigo, de la discusión con tu pareja que casi te cuesta el divorcio… y tú, pobre incauto los tenías al lado apoyándote en ellos porque eran tus mejores amigos.
En el número cuatro están los “Total Zombi”: La metamorfosis ya ha llegado a su fin. Las sombras  han desaparecido de sus rostros y una nueva apariencia bella y sugerente ha salido a la luz. La descomposición va por dentro, así que a primera vista son totalmente imperceptibles.
Únicamente los Seres de luz podrán ver su aspecto real en descomposición, podrán oler su nauseabundo olor a carne podrida. Eso sí, ellos son plenamente conscientes de su naturaleza. Se sienten poderosos haciendo sufrir a los demás, y lo saben, lo saben y lo buscan. Sabedores de su propia mezquindad y de su necesidad de sangre, intentarán destruirte a toda costa. No se conformarán haciéndote sentir mal con frases fuera de contexto e hirientes, no, quieren tu vida. No descansarán hasta que hayas perdido lo que más quieres. Así que ante el más mínimo síntoma de cansancio o aturdimiento huye sin mirar atrás, huye e intenta salvar tu vida.
Características: Suelen ser personas incapaces de empatizar con el dolor ajeno. Frías, calculadoras y distantes. Gestionan perfectamente sus emociones. Narcisistas y con un ego desmedido que les lleva a intentar escalar lo más alto posible en sus exitosas carreras profesionales. No les gustan los animales, pero muchos tienen mascotas para disimular su incapacidad para sentir afecto por otro ser vivo. Son personas inteligentes, carismáticas y en muchos casos gobiernan países y dirigen grandes empresas. Rozando casi la psicopatía, su falta de autoestima les lleva a destruir todo lo que les haga sentir incómodos. Incapaces de ser felices, tu felicidad será lo primero que te arrebaten, y lo último… tu vida.
La sala de urgencias estaba repleta de gente. Esther echó un vistazo y resopló con asco ¡Cómo había caído tan bajo, ahí,  rodeada de chusma! El culo se le escurrió en aquel incómodo asiento de plástico y esperó con los ojos entornados y los brazos cruzados a que fuera su turno.
Hora y media después, la enfermera la hizo pasar a la sala de curas. Al entrar por la puerta una luz cegadora hirió sus ojos de no–muerta. El olor a sangre fresca inundó todos sus sentidos sin dejarla respirar.
–Siéntese en la camilla por favor, echaré un vistazo a esa mano–dijo el doctor dándole la espalda.
Moreno, de pelo corto y tremendamente atractivo, el doctor parecía haberse percatado de lo que en realidad era Esther y la trataba con lejanía. Esther no estaba en absoluto acostumbrada, pues como chica guapa, se jactaba de que todos los hombres querían estar con ella.
Este sin duda era diferente. Hay personas que tienen un sexto sentido y perciben a los zombis casi instintivamente. El doctor parecía ser uno de ellos. De todas formas desplegaría sus encantos por si se estaba equivocando.
–¡Soy tan torpe doctor! Estaba limpiando con tan mala suerte de que he resbalado y me he cortado con una copa de vino…–dijo Esther poniendo morritos.
Una luz blanca la envolvió y su carne comenzó a arder.
–Tenga más cuidado la próxima vez–dijo el doctor cortante suturando la herida.
–¡Au! Eso me ha dolido–
–¡Listo!–
Abrasada por la luz, quiso salir corriendo para salvar su vida. Desconcertada, agarrándose la mano y mirando de reojo al doctor sin dar crédito. Pocas veces un hombre había osado  rechazarla y eso la descolocaba. Hacía tiempo que no olía una sangre tan pura y suculenta, de primera clase.
El doctor levantó la cabeza para despedirla y volvió a contemplarlo en todo su esplendor. Unas enormes alas blancas se desplegaron hacia el cielo detrás de su espalda. Su barbilla se elevó y una luz celestial iluminó todo su cuerpo. Esther tuvo que bajar la cabeza deslumbrada y salir de ahí lo más rápido posible. No podía con él. Los Seres de luz son casi inmunes a su mordedura y para más inri la hubiese podido destrozar si hubiese querido. Así que salió lo más rápido que pudo con sus dientes corroídos replegados y su autoestima por los suelos.
Estaba de suerte. Se pueden contar con los dedos de las manos los encuentros de zombis con Seres de Luz que han seguido con vida. Almas puras que vagan por el mundo, guardianes de nuestro universo, combatientes del mal que anida en el fondo de las almas de muchos hombres. Su lucha es encarnizada y feroz,  pudiendo despojar de sus poderes chupa sangre a muchos zombis únicamente con tocarlos, devolviéndolos al estadio uno. Robándoles su energía y obligándoles a arrastrarse como lombrices hasta completar de nuevo su transformación.
Era tan mortífero para ella como atractivo y por un minuto deseó dejar de ser una no–muerta. Lo cierto es que nunca había puesto sus ojos en alguien decente. Su público solían ser viejos directivos del canal de televisión donde trabajaba como reportera en un programa de corazón. O productores que la ayudaron en su carrera televisiva a cambio de algunos favores sexuales en despachos. Salir con un chico de su edad era totalmente desconocido para ella, pero cuando vio a aquel doctor pensó que quizás ya era hora  de buscar el amor. Por desgracia, el amor no la buscaba a ella.

Otras novelas publicadas: Escapando de Victoria







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